UN REPASO CRITICO A LA MENTIRA

Hay mucha gente que va persiguiendo la mentira, que necesita de la presencia permanente de la mentira en sus vidas para intentar ser feliz. Se apiñan en los estadios, forman caravanas de coches los veranos camino de la playa y se chocan entre si con los carritos repletos de bolsas en el aparcamiento del hiper durante el transcurso de las compras del fin de semana. Las mentiras adornan la rutina.

Los jóvenes no desean la mentira, lo defienden de corazón, pero ocurre que son los que más necesitados están de ella, también los que menos la cuestionan, ya que son, como siempre lo han sido, al menos hasta donde yo tengo noticia, consumidores compulsivos de mentiras. Les resultan imprescindibles cuando planean la muerte del padre para que la sangre no llegue a llegar al río. Saben, intuyen, que si la desperdiciasen, derramándola para lucirse como hacen los toreros, la suya pasaría a convertirse en sangre de bastardos, de parias, y que no existe otro papel mejor que el de pródigo para ciscarse a gusto en la calva del viejo y que este cisque, a su vez, en los pantalones, de rabia y emoción, al oficiar el rito, fantástico, del hijo recuperado a tiempo. La mentiras impiden los parricidios.

Las mentiras, tan necesarias: para significar -y enfrentar- a la generaciones, para que el mundo no acabe dando tumbos sacudido por la entropía como si fuese un oficinista borracho recién despedido, y los padres y los hijos, los viejos y los jóvenes no se incomoden con los papeles que les son correspondientes. Porque tras un par de estrenos en la capital, una rentree veraniega y unos cuantos bolos por provincias, aquí y allí, casi sin que te quieras dar cuenta has pasado de galancito prometedor a característico de género, y, ¡claro está! ahora el libreto es ya otro: te va a tocar tenerle entretenido e indignado al nuevo pimpollo a base de batallitas y embustes. Las mentiras enardecen a la juventud.

Y así con mentiras, y más mentiras, que se transmiten de padres a hijos, de viejos a jóvenes, van transitando por el mundo: las ideologías, los patrimonios, las revoluciones, los negocios redondos, las soflamas patrióticas, las fés inquebrantables, las morales al uso, los banquetes de boda y, en los tiempos que corren, hasta las dietas hipocalóricas y los exhibicionismos. Las mentiras ayudan a los bloggers.

Permite toda esa avalancha de embustes el establecimiento permanente de una ceremonia de la confusión mediante la que designar héroes y villanos, atribuir empleos y cargos, adjudicar castigos y recompensas. Y sobre esta alocada feria de prejuicios, tejemanejes y vanidades de una habilidad deseo hacer apunte en cuanto ser quizás la preeminente para triunfar en toda regla, para salirte con la tuya, que no es como habéis podido suponer la de ser un redomado mentiroso, y ni siquiera la de ser un pícaro, sino la de convertirte en solemne oficiante de la majadería celebrando como verdad una y otra vez mentiras ajenas hasta terminar sentirlas como propias, seguir repitiéndolas cuantas veces más sea menester hasta conseguir verlas como realidades, hasta adquirir el convencimiento de que lo que se defiende con toda esa retahíla de trolas no es sino la verdad más pura, la verdad suprema. La justicia, en suma. La mentira facilta el buen orden de la sociedad.

El éxito y la supervivencia futuras de la mentira quedan garantizados por la naturaleza de la idiosincrasia humana. Porque las mentiras -no debemos olvidarlo- son el bálsamo que faculta a los hombres aliviarse de sus carencias, de sus complejos, de sus dudas, de sus odios y sus miedos, son la razón que sus mentes requieren y utilizan para aceptar que sus víctimas escondían dentro a unos canallas sin escrúpulos bajo esos alardes de indiferencia -incómodos e hipócritas- de los que acostumbraban hacer gala. La mentira blanquea la venganza.

No obstante, y a pesar de todas esas ventajas que proporcionan, las mentiras son algo que detesto.

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PARA LEER: Las Hermanas Materassi (ALDO PALAZZESCHI)

PARA ESCUCHAR: Knife (AZTEC CAMERA)